Hay separaciones que se anuncian con comunicado prolijo, letra Times New Roman y frases tipo “seguimos siendo una familia”. Y hay otras que se confirman como en los viejos tiempos: un off en LAM, un bombazo de Pepe Ochoa y una guardia eterna bajo el sol marplatense. Esta última es la que toca.
Mientras Facundo Arana hace lo que mejor sabe hacer desde siempre —mirar al horizonte, hablar poco y responder con evasivas dignas de galán de telenovela de las nueve—, María Susini eligió otro idioma: el del mar, la tabla de surf y el silencio filoso.
Viernes por la mañana, Mar del Plata. Playa, viento justo, marea alta. Escenario perfecto para una postal zen… salvo porque todos sabían que ahí estaba María. Y cuando todos saben, la tranquilidad se evapora.
Las cámaras de Puro Show (El Trece) lograron lo que parecía misión imposible: las primeras imágenes de Susini tras la confirmación de la ruptura, luego de 19 años de pareja y tres hijos en común con el actor que supo ser el galán sensible de toda una generación.
Desde lejos, bien de lejos, concentrada, enfundada en neoprene y abrazada a su tabla, María entró al mar como quien se mete en una burbuja. Surf como refugio, deporte como excusa y la naturaleza como escudo. Porque hablar… no, gracias.
El cronista lo contó sin vueltas: costó días enteros conseguir esas imágenes. Guardias eternas, sol rajante y una sensación constante de estar en terreno hostil. Y ahí aparece la escena digna de película argentina de los ’90:
un handy olvidado a un metro, voces cruzadas y una frase que cayó como sentencia:
“Seguramente están buscando a María Susini, son periodistas. Estén atentos porque ella no quiere hablar.”
Más claro, imposible.
La seguridad del balneario privado activó modo muralla. María entró al agua con una amiga… y salió por otro lado. Tres mujeres salieron del mar, una distracción perfecta, y cuando los cronistas reaccionaron, Susini ya estaba escapando por un muelle de escuela de surf.
El intento final fue eso: un intento. El cronista se acercó, ella lo miró. Cara de perro, sin gritos, sin escándalo, sin frases para los portales. Una mirada que decía todo lo que no iba a decir con palabras.
Y listo. Media vuelta y adiós.
Como diría Moria: “Si no tengo nada que decir, no lo digo”.
Como diría el Diego: “Que la sigan chupando”.
Y como diría cualquier argentino con ganas de paz: “No me rompan las pelotas”.

Mientras el mundo del espectáculo busca culpables, motivos y versiones cruzadas, María eligió el perfil bajo más alto de todos: el de no explicar nada. Surfear. Respirar. Mirar el mar. Dejar que el ruido quede en la orilla.
Facundo, del otro lado, fiel a su manual: pocas palabras, tono amable, evasión elegante. Dos estilos distintos para un final que, por ahora, se escribe sin declaraciones.
Y acá es donde uno se acuerda de Dolina, que alguna vez dijo que “el amor termina cuando ya no hay nadie a quien contarle las cosas”.
Tal vez por eso María no habla. Tal vez por eso elige el mar.
Porque hay rupturas que no se explican: se atraviesan.
Y mientras tanto, Mar del Plata sigue ahí, eterna, chusma y testigo.
Como siempre. Como todo en este país. 🇦🇷🌊
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