Por momentos, la Argentina parece ese bar de barrio donde todos discuten de política, pero nadie paga la cuenta. Y en el medio, siempre hay uno que queda clavado mirando el ticket… bueno, en este caso son cinco millones de jubilados que dependen del PAMI. “El que apuesta al dólar pierde”, decía uno en los ‘90. Y hoy, el que apuesta al sistema, también.
Marcelo Peretta, titular del Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos, salió con los tapones de punta y no dejó títere con cabeza. Tiró una frase que retumbó como portazo en madrugada de domingo: “En el PAMI, como en la ANDIS, la política se lleva una tajada tan grande que termina perjudicando las prestaciones”. Traducido al criollo: mientras algunos se llenan los bolsillos, al abuelo le falta el remedio. Y como decía un viejo sabio del barrio de Saavedra, “de la misma fuente no puede salir agua dulce y agua amarga”.
Y ahí es donde se arma el verdadero quilombo. Porque no estamos hablando de un trámite más o de una ventanilla que no atiende. Estamos hablando de medicamentos, de tratamientos, de gente grande que no está para dar vueltas ni hacer maratones burocráticas. “El Estado soy yo”, decía Luis XIV… bueno, acá parece que el Estado es un laberinto donde nadie se hace cargo.
Peretta describe una situación “muy crítica”, pero en criollo suena más a “esto está prendido fuego y nadie trae el matafuego”. Según cuenta, el área farmacéutica del PAMI lleva seis quincenas sin pagar. Sí, leíste bien: seis. En un país donde “vivir con lo nuestro” es más una expresión de deseo que una realidad, eso directamente te deja afuera del sistema.

Y mientras tanto, los medicamentos suben como espuma en carnaval. El INDEC mide veinte, pero en la cancha se juegan veinte mil. Y ahí está el truco: la estadística te tira una cosa, pero el jubilado en la farmacia vive otra. “Una cosa es la teoría y otra la realidad”, diría cualquier taxista de Constitución a las tres de la mañana.
El dato que duele es otro: hace tres años el PAMI cubría 150 medicamentos al 100%. Hoy, apenas un tercio. O sea, lo que antes era derecho, ahora es privilegio. Y como si fuera poco, aparecen las condiciones dignas de un casting: si tenés una propiedad, afuera; si tu hijo te paga una prepaga para zafar del sistema, también afuera. “El que no llora, no mama… y el que no afana es un gil”, decía Discepolo. Acá parece que el que no entra en la letra chica, directamente queda a la intemperie.
Pero lo más picante viene después. Cuando le preguntaron sin anestesia si en el PAMI “se están robando todo”, Peretta no dudó: dijo que sí, que no tiene dudas, y que el esquema de “retornos y coimas” sería similar al que se investiga en la ANDIS. Una bomba. Porque ya no es solo ineficiencia: es sospecha de negocio armado mientras la gente cuenta monedas para comprar un blister.
Y ahí aparece la palabra mágica: política. Esa que debería ordenar, pero muchas veces desordena. Esa que promete cuidar a los que más lo necesitan, pero que en la práctica parece jugar a la timba con recursos ajenos. “Ramal que para, ramal que cierra”, decía otro. Acá podríamos decir: prestación que no paga, prestación que desaparece.
Peretta propone regionalizar y provincializar el PAMI. Bajarlo a tierra, sacarlo del escritorio central y acercarlo a la realidad de cada provincia. Suena lógico, aunque en este país ya sabemos que entre lo lógico y lo posible hay un abismo.
Mientras tanto, en la fila de la farmacia, la historia es otra. Un jubilado mirando la receta, otro preguntando si hay descuento, otro directamente resignado. Porque al final del día, lejos de los micrófonos y las declaraciones picantes, el problema es simple: el sistema que debería cuidar, hoy está dejando a muchos en banda.
Y como diría cualquier vieja sabia del barrio: “Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía”. Acá no estamos hablando de limosna, estamos hablando de derechos. Pero parece que en la Argentina de hoy, hasta eso hay que salir a pelearlo.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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