Barbero fue de esos actores que no necesitaban cartel luminoso en la calle Corrientes para ser respetado. De esos que cuando aparecían en pantalla uno decía: “Ah, este es bueno”. Y listo. Palabra santa.
Arrancó en los radioteatros, cuando la voz era más importante que la cara. En esa Argentina donde la familia se sentaba alrededor de la radio como si fuera el fuego del hogar. Después vino la tele, esa que supimos conseguir.
Pasó por ficciones que hoy son parte del inconsciente colectivo:
Simplemente María, Nosotros y los miedos, La extraña dama, Campeones de la vida, Mujeres asesinas…
Siempre firme. Siempre laburante. Sin escándalos, sin vedetismos. Como diría el General: “Mejor que decir es hacer”. Y Barbero hacía.
En el cine fue parte de joyitas del séptimo arte nacional como Invasión, esa obra de culto que todavía se estudia; La tregua, nominada al Oscar cuando acá todavía mirábamos Hollywood desde lejos; y la inoxidable Tiempo de revancha, donde el silencio dolía más que cualquier discurso.
Pero también estuvo en el cine más popular, ese que llenaba salas a puro pochoclo, como Los extermineitors. Porque el actor de verdad no le hace asco a nada: actúa. Y punto.
Si hay algo que lo definió fue el teatro. Ahí no hay segunda toma, papá. Ahí es ahora o nunca. Y Barbero estuvo hasta el final arriba de las tablas. En 2011 recibió el Premio Trinidad Guevara a la trayectoria, ese mimo que te dice: “Flaco, hiciste las cosas bien”.
Además, fue secretario de interior de la Asociación Argentina de Actores. O sea, no sólo actuaba: defendía el oficio. De los que entendían que ser actor no es glamour, es gremio.
Dato que muchos no saben: en 1963 le puso la voz nada menos que a Clint Eastwood en el doblaje de “Cuero crudo”. Imaginate esa voz grave, firme, medio áspera… Barbero tenía esa cosa de tipo serio, de presencia, aunque estuviera en off.
Fue narrador, doblajista, actor de reparto, protagonista cuando hacía falta. Un obrero del arte. De esos que sostienen la estructura mientras otros se llevan los flashes.
Se fue el 27 de octubre de 2013, a los 76 años. Sus restos descansan en la Chacarita, ese panteón laico donde Buenos Aires guarda a sus artistas. Y como decía el Nano: “No se muere quien se va, se muere quien se olvida”.
Aldo Barbero no fue de los que llenaban tapas, pero sí de los que llenaban escenas. Y eso, en este país donde a veces confundimos fama con talento, es casi un acto revolucionario.
Hoy, 13 de febrero, lo recordamos. Porque los actores no mueren: bajan el telón.
Y el aplauso, aunque sea bajito, todavía suena. 👏
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