Hay fechas que no pasan. Se quedan paradas en el tiempo, como una foto mal revelada que duele cada vez que la mirás. El 25 de enero es una de esas. No es un día más en el calendario: es el Día del Reportero Gráfico, pero sobre todo es el día en que Argentina aprendió, a los golpes, que sacar una foto también puede costar la vida.
Porque el 25 de enero de 1997 asesinaron a José Luis Cabezas. Y desde entonces, nada fue igual.
“No se olviden de Cabezas”.
No es un slogan.
No es una consigna vieja.
Es una advertencia que sigue vigente.
Cabezas no era un héroe de película. Era un laburante. Un tipo con cámara, ojo fino y coraje. Trabajaba en revista Noticias y en el verano del ’96 hizo lo que tenía que hacer: mostrar lo que el poder no quería que se viera. Le sacó la primera foto publicada a Alfredo Yabrán, un nombre que se decía en voz baja, un fantasma con chofer y guardaespaldas.
La foto salió. Y el país entendió algo simple y brutal: la imagen también habla.
Un año después, tras cubrir una fiesta en Pinamar, Cabezas fue secuestrado, torturado y asesinado en General Madariaga. El mensaje fue mafioso y clarísimo. “Con el poder no se jode”. Pero salió mal. Muy mal.
Lo que siguió fue histórico. Marchas, cámaras en alto, redacciones unidas, fotógrafos que nunca más bajaron la cabeza. El crimen que buscó silenciar terminó amplificando.
Como decía el Flaco Spinetta, “mañana es mejor”, pero ese mañana empezó porque hubo memoria. Porque hubo colegas que dijeron basta. Porque el periodismo entendió que si tocan a uno, nos tocan a todos.
La Ley 24.876, sancionada ese mismo 1997, declaró el 25 de enero como Día Nacional del Reportero Gráfico. No como homenaje vacío, sino como recordatorio incómodo. De esos que no te dejan dormir del todo tranquilo.
Ser reportero gráfico no es apretar un botón. Es llegar primero y salir último. Es correr cuando todos se van. Es mirar fijo cuando te dicen “no saques fotos”. Es entender que una imagen puede ser prueba, denuncia, memoria o justicia.
Como decía Rodolfo Walsh, “el periodismo es libre o es una farsa”. Y la cámara, en manos de un reportero gráfico, sigue siendo una herramienta peligrosa… para los que prefieren la oscuridad.
Hoy el oficio enfrenta precarización, algoritmos, celulares que disparan sin contexto y medios que ajustan. Pero el corazón sigue siendo el mismo: contar lo que pasa, aunque moleste.
A 29 años del asesinato de Cabezas, su nombre no es pasado. Es presente. Es futuro. Es una foto que no se borra. Porque mientras haya un reportero gráfico en la calle, con la cámara colgada y el ojo atento, Cabezas sigue vivo.
Y porque en este país de memoria frágil, repetirlo no cansa:
NO SE OLVIDEN DE CABEZAS.
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