
La política se eleva… y a veces se arrastra. Y en el medio, Argentina, que siempre te regala esa mezcla rara entre Shakespeare y “Polémica en el Bar”. Porque si uno se pone a mirar fino, sin fanatismos ni cassette, hay dos fotos que parecen iguales —Olivos, reunión, poder— pero que en realidad son de planetas distintos. De un lado, Raúl Alfonsín sentándose con Carlos Menem en el ‘93, con la lapicera cargada de historia y la mochila llena de costo político. Del otro, Javier Milei abrazando a Manuel Adorni en pleno tembladeral, con causas dando vueltas, explicaciones que no cierran del todo y esa sensación de “acá no se baja nadie porque si cae uno, caemos todos”.
Y ahí es donde aparece la diferencia que duele, que raspa, que te hace decir “pará, no es lo mismo”. Porque como decía Tato Bores, “en este país pasan cosas raras… pero nunca tan raras como parecen”. Alfonsín no fue a Olivos a hacerse el amigo de Menem ni a cuidar su quintita. Fue a hacer política en serio, de la que te deja cicatrices. Aceptó la reelección, sí, tragó sapos como si fueran canapé de recepción diplomática, pero metió adentro de ese acuerdo una bomba institucional que todavía hoy sigue explotando en favor de la democracia: balotaje, jefe de gabinete, autonomía de la Ciudad, límites al poder concentrado. O sea, el tipo te entregó una ficha… pero te acomodó el tablero. Como diría un técnico tribunero: “cedió la pelota, pero se quedó con el partido”.
Y claro, eso no era gratis. En el radicalismo lo miraban como diciendo “¿qué hiciste, Raúl?”. Porque acá somos todos Gardel con guitarra prestada. Pero Alfonsín entendía algo que hoy parece de otra galaxia: que gobernar no es quedar bien, es bancarse el vuelto. Es como en el fútbol cuando el 5 mete la pierna fuerte y se gana la amarilla para cortar la contra: no queda lindo, pero salva el resultado. Política de sacrificio, no de marketing.
Ahora, saltemos a la escena actual y es otro clima, otro olor, otro ruido. Acá no hay ajedrez, hay pulseada. No hay negociación, hay blindaje. El poder ya no parece una herramienta para ordenar, sino un escudo para proteger. Porque sostener a alguien en medio de sospechas no es un gesto de grandeza institucional, es más bien un “los trapos se lavan en casa” versión Casa Rosada. Y ahí resuena esa frase de Bernardo Neustadt que parecía hecha para hoy: “el poder desgasta… sobre todo al que no lo tiene claro”.
Porque una cosa es plantarte frente a tu rival y decir “negociemos reglas para que esto funcione mejor”, y otra muy distinta es cerrar filas como si estuvieras en un vestuario después de perder 4 a 0 y nadie quiere salir a hablar con la prensa. Eso no es ética, eso es corporación. Eso es “acá no pasó nada, siga siga”, como árbitro en partido caliente. Y el problema no es el episodio en sí… el problema es el mensaje. Porque el poder también educa. Y cuando educa mal, después no te quejes si la gente descree de todo.
Alfonsín jugaba a largo plazo, con la mirada puesta en la historia. Sabía que lo iban a putear en el presente, pero que tal vez el tiempo le iba a dar la razón. Y eso, en Argentina, es casi un acto de fe. Hoy, en cambio, parece que la política vive en el minuto a minuto, en la encuesta, en el trending topic. Como si gobernar fuera un reality show donde lo importante es no quedar nominado. Y ahí aparece otra frase bien de potrero: “pan para hoy, hambre para mañana”. Porque sostener sin explicar, bancar sin aclarar, resistir sin limpiar, no es fortaleza… es patear la pelota a la tribuna.
Y ojo, que nadie está diciendo que antes eran santos y ahora villanos. No seamos ingenuos. Pero había otra vara, otro pudor, otra conciencia del peso histórico. Alfonsín se sentó con Menem sabiendo que estaba firmando algo que lo iba a perseguir toda la vida. Y aún así lo hizo. Porque creía que el sistema necesitaba ese salto. Hoy da la sensación de que lo único que se cuida es el metro cuadrado propio. Como en la farándula cuando dicen “yo de eso no hablo” y se termina hablando de todo… pero sin decir nada.
Y entonces volvemos a la pregunta de fondo, esa que no se responde en una conferencia ni en un comunicado: ¿para qué es el poder? ¿Para transformar o para sostener? ¿Para construir reglas o para proteger nombres? Porque como decía Tato, “la Argentina es un país generoso… siempre te da otra oportunidad para hacer las cosas bien”. El tema es si alguien la quiere aprovechar.
Al final, la historia es implacable. No mide likes, mide decisiones. No recuerda fotos, recuerda gestos. Y ahí es donde algunos quedan como tipos que, en el momento clave, se jugaron por algo más grande que ellos. Y otros… bueno, otros quedan como esos personajes que pasan, hacen ruido, generan quilombo y después se diluyen como verano en Mar del Plata.
Porque, viste, en este país todos hablan de ética… hasta que la ética les toca la puerta. Y ahí, como decía el viejo refrán, “cuando quema, no todos se quedan en la parrilla”.
DIUCKO DIGITAL RADIO EN VIVO
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
Tu opinión es importante para nosotros. Sé la primera persona en dejar un comentario.
Empezar conversación ahora