
El comercial se llamó “Turista” y está documentado en 1991. Lo hizo Casares Grey y Asociados. La música fue de Luis Cerávolo y Emilio Valle; la letra, de Pablo del Campo. La reseña de la revista Mercado describe a un seductor porteño que acompaña a una extranjera por La Boca, la Costanera, San Telmo y la Vuelta de Rocha. El paseo termina en el departamento del anfitrión, con una copa de Legui. Hasta ahí, el archivo. Lo demás lo reconoce cualquiera que haya escuchado alguna vez un “conozco un lugar”.
Buenos Aires pone la escenografía. El muchacho pone el chamuyo. La botella espera su entrada.
Una bebida tradicional puede participar de una situación nueva sin tener que explicar toda su historia. El recorrido hace el trabajo. La ciudad aporta pertenencia; la pareja, deseo; el encuentro, una ocasión para servirla. El licor aparece donde la conversación quiere seguir.
“¿Tomamos algo?”: pocas frases del inconsciente colectivo argentino tuvieron tantas segundas intenciones.
Para leer el aviso como una postal de los noventa alcanza con mirar el papel que se le asigna a cada personaje. Él conduce el paseo, conoce los códigos y administra el plan. Ella descubre la ciudad. Es una fantasía de seducción construida desde la seguridad del anfitrión, con ese aire de “quedate tranquila, que yo sé”. Vista hoy, también permite reconocer los moldes de género con los que trabajaba aquella publicidad.
El guiño de jugar de local le calza perfecto: conocer las calles era parte de la conquista.
Y había oficio detrás de la canción. Cerávolo registra para “Turista” un Lápiz de Oro al mejor jingle del segundo cuatrimestre de 1991 y una nominación al Martín Fierro. Conviene distinguirlos: premio en un caso, candidatura en el otro. La melodía que vuelve tantos años después tenía su reconocimiento profesional.
La tanda también sabía componer.
Pero Legui ya tenía recorrido cuando llegó a esa Buenos Aires de paseo y levante. Su nombre homenajea al jockey uruguayo Irineo Leguisamo, figura inseparable de la historia del turf rioplatense. Los caballos de la marca tienen, entonces, una explicación. Y la pregunta “¿Para qué le habrán puesto caballos?”, asociada a otro recordado aviso de Legui, encuentra ahí su respuesta.
Hasta la etiqueta traía prontuario de ídolo.
La bebida fue producida originalmente por Orandi y Massera, en San Juan. Una publicidad conservada de la revista El Barman, de 1961, ya muestra esa relación entre fabricante y marca: una prueba concreta de que Legui llevaba décadas en circulación antes de “Turista”.
Su perfil también ayuda a entender esa permanencia: un licor dulce de base de caña, con hierbas, caramelo y cítricos, especialmente mandarina. Vinómanos consignaba en 2020 una graduación de 29,9% y su elaboración por Peñaflor en Godoy Cruz, Mendoza. Es el mundo de la copita, la sobremesa y las botellas que forman parte del paisaje de una casa. Ese imaginario de los licores tradicionales le da al aviso una lectura interesante: en 1991, la copa también podía ser parte del levante.
La botella del aparador tenía permiso para salir.
Hay una perlita que muestra hasta qué punto el nombre ya circulaba por fuera de la publicidad. En “Todos estos años de gente”, de Luis Alberto Spinetta, incluida en La la la, el disco que grabó con Fito Páez en 1986, aparece una florista que toma Legui. La marca entra en una escena urbana atravesada por personajes y vidas al margen.
Cinco años antes del comercial, ya estaba ahí: formando parte de una Buenos Aires mucho menos lustrosa que la de las postales. La canción y el aviso le dan lugares distintos a la misma botella. Ese cruce vale más que cualquier frase solemne sobre “identidad nacional”.
Después cambiaron los acuerdos empresariales y los modos de servirla. En 2015, cuando Diageo vendió a Peñaflor las marcas de vino Navarro Correas y San Telmo, Legui quedó expresamente fuera de la operación y continuó en manos de Diageo. A comienzos de 2016, Peñaflor formalizó un acuerdo para comercializar y distribuir en Argentina el portafolio de la multinacional, además de elaborar y embotellar algunos de sus productos localmente. Su catálogo de bebidas espirituosas incluye Legui.
Detrás de un nombre bien criollo también puede haber una estructura empresarial internacional. Propiedad de marca, elaboración y distribución son funciones distintas, aunque desde la góndola parezcan la misma cosa.
La evolución se ve asimismo en la barra. En 2013, Maleva registraba un cóctel llamado Carlos Pellegrini, preparado con Legui y lima: una reinterpretación de la caipiriña. Ese mismo año, Página/12 reseñaba un Legui & Hesperidina Sour. Más recientemente, la carta de Merienda apareció en la prensa con un Palermo Sour, que combina Legui, Hesperidina y pomelo rosado.
El “¿qué te sirvo?” fue ampliando el menú.
Esos ejemplos permiten hablar de nuevos usos concretos. La vieja marca encontró lugar en mezclas que recuperan ingredientes argentinos y les dan otra presentación. La copita de sobremesa y la coctelera pueden compartir apellido. Y el archivo televisivo agrega una vida más: la del aviso que vuelve a circular, despierta recuerdos y consigue que alguien tararee antes de acordarse de dónde salió la canción.
El veredicto de El Archivólogo
“Turista” merece volver a verse porque condensa una manera de vender y una manera de imaginar Buenos Aires: calle conocida, paseo con intención y música pegadiza. Legui llegó a los noventa con caballos, fabricante e historia; el aviso le sumó un anfitrión que tenía bastante claro adónde quería llegar.
El paseo incluía La Boca, San Telmo y la Costanera. La última parada venía sugerida desde el arranque.
Legui: una marca con pasado y un chamuyo que conocía el recorrido.
Dale play. La memoria también juega de local.
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