
El hombre sin rostro, los carteros, y un final que todavía se discute en los cafés.
Por El Archivólogo – Diucko Loop Multimedios
Hay personajes que no se muestran: se proyectan. Y Alfredo Yabrán fue, antes que empresario, una leyenda en vida. El tipo manejó correos, logística, seguridad y —según muchos— toda una red que parecía operar como si la ley fuese una sugerencia. Lo más loco: hasta que alguien le sacó una foto, casi nadie sabía cómo era. El hombre sin rostro.
La Historia lo quería con mayúscula y la cronica lo buscó con cámara. Y ese encontronazo terminó mal: la foto de José Luis Cabezas para la revista Noticias —la primera imagen pública de Yabrán— puso la lupa y, meses después, detonó un escándalo que cambió la agenda pública. Cabezas sería asesinado; Yabrán, acusado como autor intelectual. La acusación lo dejó a un paso de la luz pública y de la cárcel.
Acá cabe poner lo obvio: en la Argentina de los 90 hubo tipos que se vestían de poder con traje y testaferros. Yabrán era uno de ellos: manejaba negocios con fuerte impronta en la logística postal (OCA entre otros rubros) y llegó a tener nexos con lo más alto del poder político de la época. Cuando el ministro Domingo Cavallo lo señaló en el Congreso como un capo al estilo mafioso, el personaje dejó de ser apenas un rumor de barrio y pasó a ser la bestia pública a la que todos miraban de reojo.
Que lo fotografiaran fue un drama de novela: la cámara que lo sacó a la luz fue, en realidad, la mecha que encendió la mecha. Y la sociedad, ya cansada de los “nuevos ricos” sin cara, empezó a pedir explicaciones a gritos.
El asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas (enero de 1997) fue el eslabón que hizo explotar todo. No fue un crimen chico: fue un puñal al costado de la prensa. Lo que vino después —investigaciones, detenciones, testimonios que olían a comisaría, y la sensación de que alguien movía los hilos desde arriba— dejó al país con un sabor a podio resbaladizo. Periodistas y sociedad sintieron que se atacaba algo más que a una persona: se atentaba contra el derecho a mirar al poder.
El 20 de mayo de 1998 la historia oficial dijo que Yabrán se suicidó en su estancia en Entre Ríos, con una escopeta: disparo, cuerpo, fin. La noticia recorrió el país con un sonido seco de noticiero. La versión oficial fue la del suicidio mientras la policía cerraba el cerco por la investigación del crimen de Cabezas.
Pero —y acá empieza el “cuento y contracuento” porteño— el cadáver tenía el rostro desfigurado por el disparo, lo que alimentó de inmediato las leyendas urbanas: ¿suicidio o montaje? ¿Lo mataron y pusieron el cuerpo como si se hubiera disparado? ¿Se suicidó inducido? ¿Se hizo pasar por muerto para escapar? Las versiones eran tantas como mates en una ronda. Algunos medios y sectores nunca compraron la historia completa y la idea de un montaje ocupó mesas de bar y pasillos de juzgados durante años.
Entre las hipótesis que circularon: suicidio auténtico (la versión judicial más aceptada), suicidio inducido, homicidio con puesta en escena, o incluso el truco del “muerto que no es muerto”. La prensa de la época detalló pericias, cartas que Yabrán habría dejado y un manuscrito que alimentó tanto a quienes querían creer en la verdad oficial como a los conspiracionistas de cualquier pelo. Página/12, por ejemplo, publicó varias notas analizando las múltiples hipótesis y sosteniendo que los hechos nunca cerraban del todo.
Lo que hizo de este caso algo más que un crimen fue el telón de fondo: los entramados de negocios que tocaban el Estado, la facilidad para operar con testaferros, y la sensación de que el dinero abría puertas que la ley no podía cerrar. Muchos sintieron que la muerte de Yabrán fue el final abrupto de un poder discreto pero eficaz; otros vieron en ella el final de una operación: el tipo que se sabía intocable perdió la batalla final con la exposición y la rabia pública. Hay quienes, con sorna y algo de amargura, repiten la idea que quedó en la calle: “Se hizo la gran Yabrán y se terminó la historia en una foto”.
El caso Cabezas–Yabrán marcó un antes y un después en la sociedad argentina: plantó la semilla de lo que hoy se reclama como transparencia, marcó a los periodistas como actores con riesgo y puso en evidencia hasta qué punto el poder económico puede ensuciarse con violencia. A 25 años, organizaciones de periodistas y textos académicos siguen recordando el costo en vidas y libertad. La memoria no se borra.
En estos casos la voz popular hace su propio periodismo: “No hay peor poder que el que cree que no tiene ojos encima”, dice la vereda. “Acá no se enterró la verdad, se la disfrazó”, murmuran en radio de sobremesa. Y si preguntás en un café de San Telmo, siempre aparece el automatico “¿Y el que mandó a matar quién era? ¿Se lo comió la historia?” —como si la historia tuviese dientes.
Por eso el caso Yabrán no es solo un expediente: es la crónica de un país que aprendió, a palos y a cámaras, que la impunidad empalaga pero no dura para siempre.
Que el poder sin cara termina por exponerse. Que la foto de Cabezas no fue sólo una imagen: fue un gesto que sacó a la luz. Que los silencios se pueden romper, pero después el costo puede ser terrible. Y que un final violento —más allá de si fue suicidio o no— dejó una sensación: la de un sistema que puede devorarse a sí mismo y dejar una leyenda negra que no termina de cerrarse.
La historia de Yabrán no es una película de barrio ni un tango con final feliz. Es un changüí mezclado con guita, cámaras y cagazos. Nos dejó nombres sueltos, pruebas, sospechas, y la sensación de que la verdad muchas veces llega tarde y con la cara desfigurada.
Pero quede claro: cuando la gente se pone a hablar, el mito empieza a peligrar. Y a veces, la sola foto que alguien se animó a sacar es la única justicia que necesita una ciudad. Aunque sea la justicia de la memoria, aunque sea la justicia con sabor a café y reproche.
Nosotros, desde la vereda, seguimos mirando. Porque estas historias no se olvidan; se cuentan, se re-cuentan y se usan para que mañana —ojalá— los que mandan sepan que acá hay ojos. Y que, si tocan a uno, la calle puede encenderse.
— El Archivólogo, Diucko Loop Multimedio
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