
A 17 años de la muerte de Raúl Alfonsin
En Argentina hay hombres que pasan… y hay hombres que quedan. Y después está Raúl Alfonsín.
El hombre que, en un país donde siempre “todo vuelve”, se animó a decir: “hasta acá llegamos, muchachos”.
Porque si hay algo que define a Alfonsín es eso: el tipo que se plantó cuando nadie sabía si la democracia era un sueño… o un recreo corto antes del próximo quilombo.
Y sí, ya lo sabemos todos: “con la democracia se come, se educa y se cura”. Frase que hoy algunos repiten con ironía… pero en 1983 era como tirar un salvavidas en medio del Atlántico.

Argentina venía de donde venía. No hacía falta Googlearlo: dictadura, Malvinas, miedo, silencio. Y en ese contexto aparece este radical de Chascomús, medio Quijote, medio profesor de educación cívica, con una voz que no gritaba… pero que te perforaba.
Y va y hace lo que parecía imposible:
le gana al peronismo en elecciones limpias después de 37 años.
Sí, 37.
Como diría cualquier viejo de café: “esto no lo veía ni Mandrake”.

Esa noche del 30 de octubre del ‘83 no fue solo una elección. Fue otra cosa.
Fue como cuando en la cancha el equipo chico le gana al grande y todo el mundo se queda en silencio… tratando de entender qué carajo pasó.
A Alfonsín le dicen “el padre de la democracia”.
Y no es verso marketinero.
Porque el tipo hizo algo que hoy parece obvio, pero en ese momento era una locura:
juzgar a los militares.
No esconder, no barrer abajo de la alfombra, no hacer “borrón y cuenta nueva”.
No.
Ir al hueso.
El Juicio a las Juntas fue eso: un país mirándose al espejo… sin filtro.
Pero ojo, porque acá viene la parte incómoda:
también vinieron las leyes de obediencia debida y punto final.
Y ahí apareció la tensión eterna de Alfonsín:
el idealista vs. el tipo que tenía que gobernar con los milicos respirándole en la nuca.
Como dicen en la calle: “una cosa es la teoría… y otra muy distinta es cuando te vienen a apretar”.
Alfonsín tuvo un liderazgo raro.
Corto en el poder, largo en la influencia.
Gobernó seis años… pero su sombra llega hasta hoy.
Fue un liderazgo:
Civil, en un país acostumbrado a uniformes
Desde el llano, sin aparato mesiánico
Moral, en tiempos donde la palabra “moral” era casi mala palabra
Y sobre todo, fue un liderazgo con algo que hoy escasea más que el dólar blue barato:
convicción.

Ahora, tampoco vamos a hacer la estatua de bronce sin grietas.
Porque si hay un talón de Aquiles en Alfonsín fue la economía.
El Plan Austral arrancó como Ferrari… y terminó como fitito sin nafta.
Inflación, crisis, desgaste…
y ese final del ‘89 con la híper que fue, directamente, un golpe al mentón.
Tuvo que irse antes.
Y eso, para un tipo que quería cambiar la historia, debe haber dolido más que una derrota.
Hay una frase que quedó flotando como perfume viejo en saco de domingo:
“Quiero que me recuerden como un hombre bueno”.
Y ahí está el secreto de Alfonsín.
Porque más allá de si fue un gran estratega, si le erró en economía, si pecó de ingenuo o de audaz…
la sensación que dejó fue otra.
En un país donde “el que no corre, vuela”,
donde siempre hay un vuelto, una viveza, una rosca…
apareció un tipo que parecía creer en serio en lo que decía.
Y eso, en Argentina, es casi un acto revolucionario.

Cuando murió, en marzo de 2009, pasó algo raro.
No fue solo un velorio.
Fue una especie de catarsis colectiva.
La gente salió a la calle como diciendo:
“che, pará… este tipo era importante de verdad”.
Y ahí se terminó de cerrar el círculo.
Alfonsín dejó de ser solo un político.
Se convirtió en símbolo.
Porque al final del día, entre tantas vueltas, pactos, errores y aciertos…
Alfonsín fue eso:
el tipo que, en el momento más jodido, dijo “vamos por la democracia” y no se bajó.
Y en este país, donde todos tenemos un técnico adentro y una crítica lista en la lengua…
eso no es poca cosa.

Como diría la abuela:
“errores tenemos todos… pero huevos, no tantos”.
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