
Olvidate del gris tibio… esto en el Congreso se picó antes de que arranque la función. Afuera, en la calle, el clima estaba más espeso que bondi en hora pico: manifestantes, policías, tensión… y esa sensación tan nuestra de que “es todo un tema”.
Todo arrancó minutos antes de las cinco de la tarde, cuando una columna que venía marchando desde 9 de Julio quiso avanzar hacia el Congreso. Ahí nomás, cordón policial, orden de subir a la vereda y… ¡agarrate!: empujones, gritos, gases y el clásico ida y vuelta que ya conocemos de memoria. Un detenido, versiones cruzadas y la calle convertida en escenario caliente.
Del lado de los manifestantes, la bronca no tardó en salir: denuncias de represión, gases y golpes. Del otro lado, el operativo firme, con hidrante incluido, marcando la cancha como diciendo “de acá no pasan”. Y en el medio… la Argentina, siempre al borde de que alguien tire un “¿usted se tiene que arrepentir de lo que dijo?” y todo escale un poquito más.
Pero ojo, porque esto no es solo calle. Adentro del Congreso se juega otra pulseada, más silenciosa pero igual de pesada. La reforma de la Ley de Glaciares viene con letra chica que divide aguas —literal—. Por un lado, el oficialismo y las provincias mineras empujan la idea de destrabar inversiones millonarias, hablando de desarrollo, laburo y futuro energético. “Estamos mal, pero vamos bien”, diría alguno con fe.
Del otro lado, ambientalistas y científicos prenden la alarma: aseguran que tocar la protección de los glaciares es jugar con el agua, con el recurso más sensible que tenemos. Y ahí la cosa cambia… porque cuando se habla de agua, no hay “cero drama”. Es vida.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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