¿SE TERMINÓ LA PAREJA TRADICIONAL?**
“La fidelidad es una forma del miedo: miedo a perder, miedo a que el otro descubra que el mundo es más grande que uno.”
— Alejandro Dolina
Con esa frase ya arrancamos mal… o mejor dicho, arrancamos honestos. Porque si Dolina te dice que la fidelidad tiene algo de miedo, no es para que salgas corriendo a bajarte Tinder Premium, sino para que entiendas que el amor, en Argentina, siempre estuvo más cerca del tango que del cuento de hadas. Acá no hubo príncipes azules: hubo tipos que prometieron para siempre y a los seis meses ya estaban durmiendo en el sillón “para no despertarte”.
Durante décadas nos vendieron la pareja tradicional como combo cerrado: amor, exclusividad, rutina, celos moderados y domingos en familia. Todo muy prolijo, muy de manual, muy “así se hizo siempre”. El problema es que nadie leyó la letra chica: el deseo no firma contratos a largo plazo y el corazón no entiende de hipotecas emocionales.
La monogamia funcionó mientras nadie preguntaba demasiado. Mientras el “hasta que la muerte nos separe” no tuviera Wi-Fi, WhatsApp ni redes sociales mostrando gente linda a dos centímetros del pulgar. Antes el peligro era el compañero de oficina; hoy es el algoritmo.
Fontanarrosa lo sabía sin decirlo explícitamente. Él entendía que el amor no se rompe: se gasta. Como una remera preferida que usaste tanto que ya no sabés si te queda cómoda o simplemente te acostumbraste. El Negro nunca romantizó la pareja eterna: la mostró como es, con discusiones por pavadas, silencios largos y reconciliaciones que a veces eran puro cansancio.
Porque seamos sinceros: muchas parejas no siguen juntas por amor, sino por logística. Por el alquiler, por los chicos, por el perro, por el “ya fue, qué paja empezar de nuevo”.
Y entonces apareció el poliamor, que para algunos es una evolución del amor y para otros una excusa cool para no hacerse cargo de nada. Acá conviene aclarar algo: el poliamor no es descontrol, no es “hacé lo que quieras y después vemos”. Es más charla que sexo, más acuerdos que pasión, más Google Calendar que cama redonda.
Casciari lo diría sin vueltas: el amor no se termina de golpe, se va deshilachando. Primero dejás de contarle cosas, después dejás de escuchar, y cuando te querés acordar estás conviviendo con alguien que conocés menos que al kiosquero. En ese contexto, abrir la pareja puede ser un intento honesto de no mentirse… o el último manotazo antes del choque.
Porque ojo: no todo lo nuevo es mejor. A veces el poliamor no es libertad, es miedo a quedarse solo. Y a veces la monogamia no es opresión, es una elección consciente. El problema no es el formato: es la falta de verdad.
Sacheri, que todavía cree en el amor pero no es ningún gil, lo resumió mejor que nadie: amar es elegir todos los días, incluso cuando no hay épica. Y ahí está el quid de la cuestión. Hoy queremos vínculos intensos, libres, pasionales… pero sin aburrimiento, sin rutina, sin laburo emocional. Queremos Netflix emocional sin pagar suscripción.
La pareja tradicional no murió: perdió el piloto automático. Ya no se sostiene sola. Hay que hablarla, revisarla, reinventarla. O soltarla sin culpa. Porque quedarse por costumbre también es una forma elegante de mentirse.
Veredicto de El Archivólogo
No se terminó la pareja tradicional.
Se terminó la mentira de que era para todos.
Algunos van a ser monógamos y felices.
Otros van a amar a más de uno y dormir tranquilos.
Y muchos… muchos van a vivir como puedan, que no es poco.
Porque al final, como decía el tango aunque nadie lo quiera admitir, el amor siempre fue un quilombo. Lo único que cambió es que ahora le pusimos nombre, hashtags y teoría. Pero el miedo, el deseo y las ganas de no estar solos… eso sigue igual desde que el primer argentino dijo: “te amo” y a los cinco minutos preguntó: “¿qué comemos?”.
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